jueves, 21 de enero de 2016

Ante una posible existencia del amor

Abrí la canilla del lavamanos,
me mire al espejo
y me asuste,
no podía creer que aquel fuese mi reflejo:
me vi tan viejo,
acabado;
parpados caídos,
dientes amarillos,
el cabello era escaso,
parecía como si no hace mucho
hubiesen pasado una podadora
por mi cabeza.
El tiempo se me habia ido de las manos,
no era mas que un viejo
y hoy tampoco soy mas que eso,
pero si me preocupa menos la vida.

Me quite la ropa para darme una ducha
y combatir la borrachera,
entre en la regadera,
intente orinar,
y
extrañe cuando veía mi pene
mientras disparaba todo el orine,
ahora solo veía mi barriga
y posteriormente la seguiría viendo,
porque cuando eres viejo
muchas cosas dan igual, y no hay fuerza ni tiempo
para pensar
en cambiar o mejorar;
mucho menos para perder el poco tiempo que queda
en dietas y tratamientos,
–ojalá los médicos pudieran entenderlo–

Ahora era un monstruo,
tenia que aceptarlo:
pelo blanco hasta por detrás de las piernas,
vejez,
arrugas
y frustración.
Hace mucho que estaba acabado,
sin embargo,
había tardado mucho tiempo en darme cuenta de ello,
así que pensé en molestarme con la gente
que me conoce
por jamás habérmelo dicho.

Salí del baño
y mientras observaba a mi mujer
durmiendo
me preguntaba:
¿ como podía ella celar aquel montón de mierda
en que me había convertido?
a pesar de su edad aún ella era hermosa,
seguía siendo una mujer
con la que incluso un muchacho de 20 años
sueña con estar alguna vez,
y sin importarle ella seguía compartiendo su vida conmigo.

Tal vez no se iba de mi lado porque me amaba de verdad,
o por el largo papeleo que significa
un divorcio;
o simplemente estaba conmigo por
cualquier absurda razón que sólo cabe en el complicado razonar de una mujer.

Así que me acosté a su lado
y preferí pensar
lo peor,
porque no podía creer que a pesar de cómo yo la trataba
y de lo asqueroso que lucía,
podía ella
aún
amarme de verdad.

Eduardo Velásquez