viernes, 23 de septiembre de 2016

Nada ha servido de nada

Desde siempre, hace décadas, siglos;
después de la última tormenta;
al empezar la primera guerra mundial;
inclusive luego de la segunda catástrofe
nada ha tenido el más minucioso sentido razonable.

Hemos asesinado a  mentes brillantes;
nos hemos liquidado a nosotros mismos;
durante años
hemos acabado nuestras almas,
los cuerpos de otros
y aún, 
siguen acaeciendo 
los mismos problemas.
Hemos luchado por nada,
resistido por nada,
llorado por nada,
vivido por nada,
nos exterminamos por la nada.

Aún la eternidad juega a sus cartas; 
aún los mendigos ilustran las calles con licor barato,
aún hay perros que viven en mejores condiciones
que los humanos;
aún hay alguien que coma de la basura 
y use el puente como techo;
aún se ven por las ventanas de las casas
a las mujeres hartas de sus maridos drogadictos y alcohólicos,
y a los hombres los observas 
en los bares haciendo lo mejor
que saben hacer:
llevar una copa a su boca 
con dureza, orgullo y resignación
como si se fuesen un león con un venado entre sus dientes, 
o un aficionado a la pesca tomándose una foto al lado 
del pez más grande que jamás había pescado 
ni pensó pescar alguna vez.

Aún la libertad sigue siendo una fábula barata
y la democracia un dulce hipócrita:
una cortesía,
una amabilidad,
una mentira,
una confusión,
una sabiduría ignorante  para engañar a los pueblos. 

De las escuelas siguen egresando más asesinos
que hombres buenos;
la cárcel, un centro educativo con otro nombre.
Ahora los delincuentes son los hombres de sociedad,
bien vestidos,
con sus trajes bonitos y formales,
son la gente poderosa
el hombre del hoy, del mañana y siempre.

La prisión abarrotada de gente inocente
y las calles de gente culpable;
las prisiones ahora parecen calles
y las calles simulan prisiones.

Todo sigue igual, 
incluso peor, 
siguen aconteciendo las mismas noticias
en el periódico, en la televisión, en la radio.
Cada vez más familias rotas
que unidas;
cada vez más gente divorciada 
que casada;
hambre, violaciones, mutilaciones, canibalismos
robos, contaminación, enfermedades, infanticidio
pedofilia,
sobredosis de drogas;
cirrosis por el alcohol;
escritores malditos,
malos poemas,
pésimos escritores.

Los idiotas siguen siendo famosos,
y la gente real de este mundo continúa en el anonimato.

Y solamente quisiera saber
¿de qué ha servido todo esto?
de que nos han servido:
guerras mundiales,
guerras civiles,
una nueva constitución,
un nuevo presidente,
un nuevo ejercito,
otro partido político,
el Internet,
la televisión,
de que ha valido tanta mierda, 
si seguimos siendo los mismos idiotas
con los mismos problemas y el mismo martirio.

Y aún así, el maldito cura de la Iglesia, Dios, Jesús y todos ellos
nos siguen susurrando cautelosamente al oído 
“las esperanzas son lo último que se pierde”
cuando desde hace mucho tiempo estamos tan desahuciados
como un enfermo terminal;
acostumbrados a esto,
resignados,
disfrutando de la buena cocaína y del sexo,;
de la marihuana y el alcohol;
de las fiestas;
de las prostitutas;
de lo poco medianamente placentero
que le queda a esta puta humanidad
estúpidamente corrompida;

tristemente y sin esperanzas
no nos queda de otra. 

Eduardo Velásquez

jueves, 18 de agosto de 2016

El don de escribir.

Escribir no es para todo el mundo,
no es para los intelectuales
ni eruditos.
Escribir es un arte;
no es para científicos, abogados
o banqueros.
Escribir es un don que florece como la hierba,
como los tulipanes,
como el araguaney;
es para unos pocos.

Escribir poesía no es para los letrados;
es para desahuciados,
para corrompidos,
para insatisfechos,
para ancianos frustrados;
para la gente de este mundo
que no acepta su presente,
no espera un futuro,
y no puede lograr desaparecer
ni dejar de maldecir su pasado.

Escribir consiste en perder el tiempo,
mientas mas pierdas
serás mejor escritor.

Enciérrate en una habitación minúscula
y empezarás a sentirte como un apresado conejo
en su madriguera;
observa como chocan las bolas de cañón
que solo están en tu cerebro;
toma cerveza,
fuma cigarrillos,
muérdete los dientes;
cuenta los huecos de la pared,
las botellas,
los filtros aparcados en el cenicero,
y mientras tanto
ve acumulando ideas,
retrocede tu pasado,
tus añoranzas;
habla con la soledad,
hazle preguntas,
escúpela,
ofrécele un trago,
enamórala;
sé todo un caballero;
trátala mejor que a tu mujer,
aun mejor que a tu amante
- recuerda que de ella dependes
y sin su paz acogedora,
es posible
que no consigas escribir ni una palabra-.

Sigue acumulando ideas,
sal a la calle por la noche 
con papel en mano y un lapicero;
toma notas
(recuerda que los apuntes en la cabeza son muy escurridizos).

Incluso observa las cucarachas
y los saltamontes si corres con suerte;
compra el periódico,
vuelve a la habitación,
habla con tu máquina de escribir
y cuéntaselo todo,
pero antes ruégale que resista
todas las cochinadas que quieres escribir,
conviértela en alguien real;
consigue que pueda soportar tu mal genio
y el carácter depresivo y autodestructivo
de los personajes de tus relatos.
Tira los lápices contra la pared,
pelea con tu inconsciente;
a menudo golpea tu cabeza contra el piso,
comete las uñas,
muerde las sabanas,
las almohadas.

Consigue una mujer que entienda lo que escribes
- será el critico literario más duro
que tendrás -.

Enloquece;
deja fluir la sangre por tus venas
y arrebátale
la última migaja de azúcar mojada;
déjala tan desabrida como el agua,
que corra sin dolor,
sin penas,
que sacuda la lástima,
- y mientras todo esto ocurre
no pares de escribir -.
Escribe en tu cerebro,
en tu conciencia,
en la pared,
en las manos,
en el cuerpo de tu mujer,
en la máquina de escribir,
escribe donde sea,
pero escribe.

En realidad, es desalentador y muy poco 
recomendable
ser un escritor;
tienes que recorrer todo ese camino
con sed,
hambre,
desilusión,
tristeza,
frustración,
miedo,
soledad,
y lo más irónico de todo
es que no es seguro que lo logres,
lo más probable es que no consigas siquiera
escribir algo medianamente aceptable.

Es mejor ser ingeniero,
abogado,
contador;
al menos no te mueres de hambre,
no te desilusionas demasiado,
no cuentas las cucarachas,
ni rompes tu cabeza con la pared;
no peleas con la soledad,
ni te vuelves un demente,

pero si a pesar de todo esto
insistes,
significa que has nacido
para ser un escritor.  

Eduardo Velásquez

jueves, 21 de enero de 2016

Ante una posible existencia del amor

Abrí la canilla del lavamanos,
me mire al espejo
y me asuste,
no podía creer que aquel fuese mi reflejo:
me vi tan viejo,
acabado;
parpados caídos,
dientes amarillos,
el cabello era escaso,
parecía como si no hace mucho
hubiesen pasado una podadora
por mi cabeza.
El tiempo se me habia ido de las manos,
no era mas que un viejo
y hoy tampoco soy mas que eso,
pero si me preocupa menos la vida.

Me quite la ropa para darme una ducha
y combatir la borrachera,
entre en la regadera,
intente orinar,
y
extrañe cuando veía mi pene
mientras disparaba todo el orine,
ahora solo veía mi barriga
y posteriormente la seguiría viendo,
porque cuando eres viejo
muchas cosas dan igual, y no hay fuerza ni tiempo
para pensar
en cambiar o mejorar;
mucho menos para perder el poco tiempo que queda
en dietas y tratamientos,
–ojalá los médicos pudieran entenderlo–

Ahora era un monstruo,
tenia que aceptarlo:
pelo blanco hasta por detrás de las piernas,
vejez,
arrugas
y frustración.
Hace mucho que estaba acabado,
sin embargo,
había tardado mucho tiempo en darme cuenta de ello,
así que pensé en molestarme con la gente
que me conoce
por jamás habérmelo dicho.

Salí del baño
y mientras observaba a mi mujer
durmiendo
me preguntaba:
¿ como podía ella celar aquel montón de mierda
en que me había convertido?
a pesar de su edad aún ella era hermosa,
seguía siendo una mujer
con la que incluso un muchacho de 20 años
sueña con estar alguna vez,
y sin importarle ella seguía compartiendo su vida conmigo.

Tal vez no se iba de mi lado porque me amaba de verdad,
o por el largo papeleo que significa
un divorcio;
o simplemente estaba conmigo por
cualquier absurda razón que sólo cabe en el complicado razonar de una mujer.

Así que me acosté a su lado
y preferí pensar
lo peor,
porque no podía creer que a pesar de cómo yo la trataba
y de lo asqueroso que lucía,
podía ella
aún
amarme de verdad.

Eduardo Velásquez

sábado, 19 de diciembre de 2015

Inconformidad generacional

No era lo que esperaba,
fui a Berlin y ya el muro había caído;
solo veía a hombres
gordos
fumando cigarrillos
a las afueras de los bares
mientras cuchicheaban entre ellos
sobre
lo mucho que añoraban la RDA.

Fui a Belfast y ya no había soldados
británicos en la calle,
mucho menos miembros del IRA.

Estuve en Buenos Aires
y Cerati ya había muerto;

y Estados unidos no es lo mismo sin Johnny Cash
siendo telonero
de Presley.

Viajamos por el mundo
con la idea de que todas esas sensaciones
que añoramos
al fin las encontraremos,
pero no es eso
lo que ocurre.

Generalmente nos topamos con lugares
cargados de nostalgia
y melancolía;
lugares que algún día fueron lo que ya no son
ni serán.

El ser humano envejece;
el hombre pierde su alma y
las ciudades también.

Nosotros
los que alguna vez soñamos
con ir a un concierto de Soda Stereo;
Nosotros
los que alguna vez soñamos
con ver a Bukowski vomitando
sobre el público
tendremos  que seguir soñando.

Hay un mundo inexistente
entre el pasado y el futuro;
una tiempo
que podemos sentir
aunque
ya no exista.

Jim Morrison,
John Lennon;
Kurt Cobain;
maravilosos años
de cultura que parecen
haber desaparecido.

Podremos ir a Berlin,
a Paris,
a Seattle,
cuantas veces queramos,
pero nunca
hallaremos
eso que buscamos.
Esos aires ya no están;
esa brisa ya pasó;
ahora lo que se respira
en esos sitios
es nostalgia;
olor a azufre;
imitación;
- los aviones
no son maquinas para retroceder el tiempo -.

En cualquier ciudad
hay
un Mcdonald
en cada esquina,
lo que me hace
muchas veces
cuestionarme
si realmente estoy de viaje
o es solo un sueño.
-          - cuantas culturas asesinadas a causa de la globalización-

Después de haber estado en todos
esos rincones del planeta,
puedo decir
que solo los sellos en el pasaporte
me recuerdan que he pisado
esas tierras alguna vez,
porque realmente
jamas me he sentido ahí.

Y aquí seguiremos echando de menos
etapas que no vivimos;
sintiendo que hemos nacido
en el tiempo
y en el lugar
equivocado,
mientras aborrecemos
una época
que mañana nuestros hijos
querrán
haber vivido.

sábado, 5 de diciembre de 2015

Nací con suerte

Cuando tan solo era un adolescente iluso con 
grandes sueños, 
acompañaba a papá a su trabajo
y veía a todos esos viejos 
que llevaban 30 años trabajando
en el mismo lugar,  
con el único propósito 
de acceder a la jubilación. 
Sentía miedo,
pavor, 
cuando papa me decía con orgullo: 
“hijo, algún día serás como ellos”. 
En cambio a mis amigos, 
a mis compañeros de la escuela 
les pasaba algo similar, pero a la vez 
completamente diferente: 
ellos también tenían miedo, sí,  
pero no de acabar como esos hombres malhumorados;
sino de la posibilidad de no llegar a ser como ellos.
Al tiempo supe de sus vidas 
y comprendí lo afortunado que era: 
Me despedían de todos los trabajos 
y era rara la vez que me contrataban. 
Creí que había nacido para perder, 
todo parecía estar acordado para joderme. 
Pensaba que me hacían un daño, 
pero ahora que me he encontrado con esas viejas amistades, 
comprendí 
que los malditos jefes de recursos humanos 
que tiraban mi expediente a la basura 
me habían hecho el mejor de los favores, 
al no permitirme
acabar como ellos. 
Eduardo Velásquez 

miércoles, 2 de diciembre de 2015

Nathalia.

No vi venir
el destino
hasta que deje todo mi dinero
en aquella mano de póquer;
realmente no me importaba demasiado;
sin embargo,
estaba consciente de que
ahora me jugaba la vida,
pero no lo veía venir.

No vi venir
el masoquismo: es insensato;
y es duro percatarse de ello,
cuando lo haces
ya es mejor arrojarse al precipicio
a ser un cobarde a las orillas
de la sima del mundo
con miedo a saltar.

No vi venir
la adicción a la nicotina
ni el gusto por alcohol;
no vi venir lo que se avecinaba
antes mis ojos,
a pesar de que el sol del mediodía
estaba allí
atolondrando la vista,
vislumbrando todo.

La oscuridad no se venir hasta
que te arropa por completo,
igual que una danza con la felicidad:
nunca la esperas.

No vi venir
un choque a las tres de la madrugada
en una ciudad que desconozco,
ni la muerte de aquella señora por las manos
de tres desquiciados contadores de cartas.

No vi venir
el inevitable sufrimiento que se avecina,
ni ese desprecio hacia la vida
que llega y nunca se larga:
le hubiese hecho oposición,
pero ya es tarde.

Entre tantas muchas cosas
a ti te vi venir,
tu imagen se dispersaba entre
muchas otras calamidades
que se asomaban en las ventanas de mi vida.
Los dardos dieron en el blanco;
estaba al tanto del peligro que abordaba,
pero era como la adrenalina:
te cagas de miedo
pero no hay mejor forma de sentirse vivo
que estar sobre la cuerda floja.
Nadie toca las puertas del cielo
y desprecia una invitación a cenar.

No vi venir
tus besos hasta que abrí los ojos
y te vi allí,
enredándote en mi lengua;
en mi cuerpo;
como una sanguijuela
chupaste hasta la ultima gota de sangre,
luego seguiste con mi alma:
no tuviste piedad
no dejaste nada para mi.

No vi venir:
el amor.
Jamás imagine un te amo saliendo de mi boca
en un Dublin Bus con dirección a ninguna parte.

No vi venir
mi vida en el amor,
tan solo solo llegó.
Supongo que así como no me percate de ello
también ocurrió
con muchas otras cosas;
lo siento por mi mismo;
asumiré el peso.

Por ejemplo: a ti.
no te vi venir
y eres la sensación mas reconfortante
y maravillosa
que ha llegado a mi vida,
incluso puedo predecir con certeza
que jamas percibiré
algo parecido:
vaya suplicio;
vaya condena.

No vi venir esa noche a las cuatro de la madrugada
haciéndote el amor
en alguna parte de Edimburgo;
como podía imaginar aquello
si hace unos meses estaba a miles de kilómetros de allí
sin ninguna posibilidad de acercamiento.
-cuan intrigante puede ser el destino-

No vi venir:
la vida
ni tampoco la llegada de este poema,
manuscrito del futuro
inspiración,
bloqueo del escritor
o como quieras llamarlo.
Las palabras están por allí
volando en el tiempo
aferrándose a algún servidor que las consiga
desanclar del anonimato;
solo debes encontrarlas
como lo hace la casualidad.

Y así,
repentinamente
llegó algo mas que tu:
tu alma;
y no la vi venir.

En fin,
espero que nunca tengas que irte
porque sería lo mas triste
que me pudiera ocurrir
después de no haberte conocido.

Es preferible vivir en soledad que en compañía
de tu ausencia,
aunque peor que eso
hubiese sido
la inexistencia en mi vida,
la nada con respecto a ti.

Eduardo Velásquez

domingo, 22 de noviembre de 2015

Morir unas cuantas veces.


Con el paso tiempo
nos hacemos inmunes al dolor,
después de tantas
relaciones fracasadas
y amores que acaban perdiéndose
en departamentos destartalados,
nos hacemos  duros
crueles,
inexorables;
difícilmente
algo pueda afectarnos.

Caminamos por la calle,
con la frente en alto,
escupiendo
a los lados,
sin miedo a la muerte,
porque
durante el transcurso de nuestra
vida
el amor
nos asesina tantas veces,
que llegamos a
creer que tenemos
mas vidas
que un gato.