después de la última tormenta;
al empezar la primera guerra mundial;
inclusive luego de la segunda catástrofe
nada ha tenido el más minucioso sentido razonable.
Hemos asesinado a mentes brillantes;
nos hemos liquidado a nosotros mismos;
durante años
hemos acabado nuestras almas,
los cuerpos de otros
y aún,
siguen acaeciendo
los mismos problemas.
Hemos luchado por nada,
resistido por nada,
llorado por nada,
vivido por nada,
nos exterminamos por la nada.
Aún la eternidad juega a sus cartas;
aún los mendigos ilustran las calles con licor barato,
aún hay perros que viven en mejores condiciones
que los humanos;
aún hay alguien que coma de la basura
y use el puente como techo;
aún se ven por las ventanas de las casas
a las mujeres hartas de sus maridos drogadictos y alcohólicos,
y a los hombres los observas
en los bares haciendo lo mejor
que saben hacer:
llevar una copa a su boca
con dureza, orgullo y resignación
como si se fuesen un león con un venado entre sus dientes,
o un aficionado a la pesca tomándose una foto al lado
del pez más grande que jamás había pescado
ni pensó pescar alguna vez.
Aún la libertad sigue siendo una fábula barata
y la democracia un dulce hipócrita:
una cortesía,
una amabilidad,
una mentira,
una confusión,
una sabiduría ignorante para engañar a los pueblos.
De las escuelas siguen egresando más asesinos
que hombres buenos;
la cárcel, un centro educativo con otro nombre.
Ahora los delincuentes son los hombres de sociedad,
bien vestidos,
con sus trajes bonitos y formales,
son la gente poderosa
el hombre del hoy, del mañana y siempre.
La prisión abarrotada de gente inocente
y las calles de gente culpable;
las prisiones ahora parecen calles
y las calles simulan prisiones.
Todo sigue igual,
incluso peor,
siguen aconteciendo las mismas noticias
en el periódico, en la televisión, en la radio.
Cada vez más familias rotas
que unidas;
cada vez más gente divorciada
que casada;
hambre, violaciones, mutilaciones, canibalismos
robos, contaminación, enfermedades, infanticidio
pedofilia,
sobredosis de drogas;
cirrosis por el alcohol;
escritores malditos,
malos poemas,
pésimos escritores.
Los idiotas siguen siendo famosos,
y la gente real de este mundo continúa en el anonimato.
Y solamente quisiera saber
¿de qué ha servido todo esto?
de que nos han servido:
guerras mundiales,
guerras civiles,
una nueva constitución,
un nuevo presidente,
un nuevo ejercito,
otro partido político,
el Internet,
la televisión,
de que ha valido tanta mierda,
si seguimos siendo los mismos idiotas
con los mismos problemas y el mismo martirio.
Y aún así, el maldito cura de la Iglesia, Dios, Jesús y todos ellos
nos siguen susurrando cautelosamente al oído
“las esperanzas son lo último que se pierde”
cuando desde hace mucho tiempo estamos tan desahuciados
como un enfermo terminal;
acostumbrados a esto,
resignados,
disfrutando de la buena cocaína y del sexo,;
de la marihuana y el alcohol;
de las fiestas;
de las prostitutas;
de lo poco medianamente placentero
que le queda a esta puta humanidad
estúpidamente corrompida;
tristemente y sin esperanzas
no nos queda de otra.
Eduardo Velásquez
aún los mendigos ilustran las calles con licor barato,
aún hay perros que viven en mejores condiciones
que los humanos;
aún hay alguien que coma de la basura
y use el puente como techo;
aún se ven por las ventanas de las casas
a las mujeres hartas de sus maridos drogadictos y alcohólicos,
y a los hombres los observas
en los bares haciendo lo mejor
que saben hacer:
llevar una copa a su boca
con dureza, orgullo y resignación
como si se fuesen un león con un venado entre sus dientes,
o un aficionado a la pesca tomándose una foto al lado
del pez más grande que jamás había pescado
ni pensó pescar alguna vez.
Aún la libertad sigue siendo una fábula barata
y la democracia un dulce hipócrita:
una cortesía,
una amabilidad,
una mentira,
una confusión,
una sabiduría ignorante para engañar a los pueblos.
De las escuelas siguen egresando más asesinos
que hombres buenos;
la cárcel, un centro educativo con otro nombre.
Ahora los delincuentes son los hombres de sociedad,
bien vestidos,
con sus trajes bonitos y formales,
son la gente poderosa
el hombre del hoy, del mañana y siempre.
La prisión abarrotada de gente inocente
y las calles de gente culpable;
las prisiones ahora parecen calles
y las calles simulan prisiones.
Todo sigue igual,
incluso peor,
siguen aconteciendo las mismas noticias
en el periódico, en la televisión, en la radio.
Cada vez más familias rotas
que unidas;
cada vez más gente divorciada
que casada;
hambre, violaciones, mutilaciones, canibalismos
robos, contaminación, enfermedades, infanticidio
pedofilia,
sobredosis de drogas;
cirrosis por el alcohol;
escritores malditos,
malos poemas,
pésimos escritores.
Los idiotas siguen siendo famosos,
y la gente real de este mundo continúa en el anonimato.
Y solamente quisiera saber
¿de qué ha servido todo esto?
de que nos han servido:
guerras mundiales,
guerras civiles,
una nueva constitución,
un nuevo presidente,
un nuevo ejercito,
otro partido político,
el Internet,
la televisión,
de que ha valido tanta mierda,
si seguimos siendo los mismos idiotas
con los mismos problemas y el mismo martirio.
Y aún así, el maldito cura de la Iglesia, Dios, Jesús y todos ellos
nos siguen susurrando cautelosamente al oído
“las esperanzas son lo último que se pierde”
cuando desde hace mucho tiempo estamos tan desahuciados
como un enfermo terminal;
acostumbrados a esto,
resignados,
disfrutando de la buena cocaína y del sexo,;
de la marihuana y el alcohol;
de las fiestas;
de las prostitutas;
de lo poco medianamente placentero
que le queda a esta puta humanidad
estúpidamente corrompida;
tristemente y sin esperanzas
no nos queda de otra.
Eduardo Velásquez