sábado, 8 de agosto de 2015

Temor a la soledad

El desayuno en la cama después una larga noche 

en el bar:

definitivamente  no me puedo quejar.

 

Un vaso de jugo de naranja,

un cuchillo y un tenedor,

una taza de café

y el periódico de ayer;

junto a sus ojos tan apaciguados como los de un gato

que me observaban como si esperaran algo a cambio

de todas esas atenciones.

 

Me preguntaba:

 

¿Qué esperaba ella de mí?

 

un beso,

un abrazo,

matrimonio,

o que dejara a un lado todos mis vicios autodestructivos.

 

Las moscas se postraban sobre la comida,

ella me veía 

y yo la miraba

mientras le echaba un poco de whisky al café.

 

Nos recostábamos 

a ver la televisión,

ella se tiraba sobre mi pecho y

se acurrucaba entre mis brazos

mientras se me pasaba la resaca

— para ella 

ese reflejo en el espejo 

era lo mas parecido al amor—


Al cabo de un tiempo 

nos separamos,

y me di cuenta 

que no era estar lejos de ella lo que me afectaba;

lo que me afligia era no saber con quien iba

a estar

cuando ella se fuera.

Ahora solo me acompañan las cucarachas,

las ratas,

las moscas,

los renacuajos del jardín,

y el chirrido de los grillos;

es todo,

no hay nada mas que mis ronquidos y una voz que quiere decir

te extraño 

y no tiene quien la escuche.


Eduardo Velásquez 

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