El desayuno en la cama después una larga noche
en el bar:
definitivamente no me puedo quejar.
Un vaso de jugo de naranja,
un cuchillo y un tenedor,
una taza de café
y el periódico de ayer;
junto a sus ojos tan apaciguados como los de un gato
que me observaban como si esperaran algo a cambio
de todas esas atenciones.
Me preguntaba:
¿Qué esperaba ella de mí?
un beso,
un abrazo,
matrimonio,
o que dejara a un lado todos mis vicios autodestructivos.
Las moscas se postraban sobre la comida,
ella me veía
y yo la miraba
mientras le echaba un poco de whisky al café.
Nos recostábamos
a ver la televisión,
ella se tiraba sobre mi pecho y
se acurrucaba entre mis brazos
mientras se me pasaba la resaca
— para ella
ese reflejo en el espejo
era lo mas parecido al amor—
Al cabo de un tiempo
nos separamos,
y me di cuenta
que no era estar lejos de ella lo que me afectaba;
lo que me afligia era no saber con quien iba
a estar
cuando ella se fuera.
Ahora solo me acompañan las cucarachas,
las ratas,
las moscas,
los renacuajos del jardín,
y el chirrido de los grillos;
es todo,
no hay nada mas que mis ronquidos y una voz que quiere decir
te extraño
y no tiene quien la escuche.
Eduardo Velásquez
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