Mi primer trabajo
no me gustaba,
tan solo me había
sumado a ese conglomerado que se posaba
inconforme,
con respecto
a las cosas que tenían que hacer
para “ganarse” la vida.
Es duro
y cruel,
pero la realidad es inocultable:
asesinamos
la mayor parte de nuestro tiempo
haciendo cosas que nos disgustan,
con el único
propósito
de sobrevivir en un mundo
donde la felicidad
es tan escasa
como la comida en Venezuela.
Recuerdo que mi trabajo consistía en quitarle
la pintura
a unos pasamanos.
Me pagaban 50 bolívares diarios,
-no era mucho dinero,
pero era preferible eso
que andar sin un centavo en el bolsillo-.
Todo marchaba bien,
hasta ese día que mi jefe se apareció con un aparato
(esmeril)
con el que eramos capaces
de lijar hasta dos pasamanos en 20 minutos.
Ahora con esa innovación
hacíamos en una semana
lo que antes no conseguíamos
en un mes,
y por consiguiente
ganábamos menos dinero.
En ese momento me percate
que la tecnología
no solo nos había deshumanizados
paulatinamente
sino
que
ya había asumido un nuevo rol:
dejarnos sin trabajo.
Ya la gente no manda cartas,
ahora envía emails.
Ya no hablan,
ahora chatean.
Y en unos años
es probable
que empiecen a sustituir
el personal de servicio
por robots.
Así como el cartero que iba en su bicicleta
quedo suplantado por la fibra óptica,
el contacto humano ha sido usurpado
por whatsaap y las videoconferencias.
Y así,
conforme pasa el tiempo,
las generaciones
van siendo
inutilizadas
al ritmo
de la tecnología.
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