La brisa silenciosa de la muerte
seguía siendo fría e inconclusa,
como los vientos del norte.
Era imposible no pensar en el suicidio;
a menudo esa idea se filtraba
por el cerebro:
lo carcomía;
lo taladraba.
Solo quedaban,
unas cuantas botellas de vino
derramándose en el inodoro;
restos de vomito
en la orilla del retrete,
y una maquina de escribir
cansada de calarse mi descontento con el mundo,
y con la vida.
No había nada mas que
un alma que tocaba las puertas del infierno,
y no era bienvenida.
Las cucarachas se colaban por el desagüe
del lavamanos,
junto con las colillas de tabaco.
Salían de la despensa y
se escondían detrás de la maquina de escribir.
Podía sentir la aproximación
de esas pequeñas criaturas;
que parecían estar tan descontentas como yo.
La antipatía seguía siendo un defecto del que estaba muy orgulloso.
Me gustaba estar solo;
las personas me producían pánico:
temor que me llevo a distanciarme.
Siempre concluía
que no había que preocuparse demasiado;
— la muerte, es un escape perenne de la vida;
y la vida, un escape momentáneo de la muerte.
A todos nos aguarda un destino singular—.
De modo que,
tome la decisión,
de elegir un oficio
mientras esperaba la muerte,
como hacían los demás;
y así lo hice.
Decidí asumir el riesgo y empece
a escribir;
de todas formas
no esperaba demasiado de la vida.
— Finalmente, todo consiste
en asesinar nuestro tiempo—.
Nada parecía tener sentido,
tenia que escribir y esconderme,
permanecer ebrio.
Ese día,
me encerré en mi habitación,
destape una cerveza,
y pensé: en todo el tiempo
que desperdiciábamos
haciendo cosas que nos disgustaban,
y sentí lastima...
Eduardo Velásquez
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