viernes, 26 de junio de 2015

Aguardando la muerte

La brisa silenciosa de la muerte

seguía siendo fría e inconclusa,

como los vientos del norte.


Era imposible no pensar en el suicidio;

a menudo esa idea se filtraba 

por el cerebro:

lo carcomía; 

lo taladraba.


Solo quedaban,

unas cuantas botellas de vino

derramándose en el inodoro;

restos de vomito

en la orilla del retrete,

y una maquina de escribir 

cansada de calarse mi descontento con el mundo,

y con la vida.


No había nada mas que 

un alma que tocaba las puertas del infierno,

y no era bienvenida.


Las cucarachas se colaban por el desagüe 

del lavamanos, 

junto con las colillas de tabaco.

Salían de la despensa y

se escondían detrás de la maquina de escribir.

Podía sentir la aproximación

de esas pequeñas criaturas;

que parecían estar tan descontentas como yo. 


La antipatía seguía siendo un defecto del que estaba muy orgulloso.

Me gustaba estar solo;

las personas me producían  pánico:

temor que me llevo a distanciarme.


Siempre concluía 

que no había que preocuparse demasiado; 

— la muerte, es un escape perenne de la vida;

y la vida, un escape momentáneo de la muerte.

A todos nos aguarda un destino singular—. 


De modo que, 

tome la decisión,

de elegir un oficio 

mientras esperaba la muerte, 

como hacían los demás;

y así lo hice.


Decidí asumir el riesgo y empece 

a escribir;

de todas formas

no esperaba demasiado de la vida. 

— Finalmente, todo consiste 

en asesinar nuestro tiempo—.


Nada parecía tener sentido,

tenia que escribir y esconderme,

permanecer ebrio. 


Ese día, 

me encerré en mi habitación,

destape una cerveza,

y pensé: en todo el tiempo 

que desperdiciábamos 

haciendo cosas que nos disgustaban, 

y sentí lastima...


Eduardo Velásquez 


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