El tiempo es cruel,
implacable,
pasajero,
basta con unos cuantos años viviendo con tu mujer
para obstinarte de ella,
y sentirte tan saciado y aburrido
como una prostituta
atendiendo al último cliente de la noche.
No sé si es el amor
o el deseo,
pero uno de los dos
se esconde,
no sé si debajo de la cama
o en el baño,
tal vez se cuele entre las botellas vacías,
o se escape por la ventana.
¿Pero como saberlo?
¿Como predecir si es un adiós o un hasta luego?
Al tiempo
de haberla abandonado:
abres una botella de whisky,
fumas un cigarrillo,
enciendes la televisión,
y de pronto:
la ves en la pantalla,
a un lado de la cama,
en el espejo mientras te afeitas,
en el baño mientras cagas.
Empiezas a extrañarla,
piensas en ella...
Una semana después
mientras te duchas
recuerdas:
sus besos,
su sonrisa,
sus caricias,
sus gemidos desafinados;
las remembranzas consiguen que
una erección se apodere de tu pene.
En ese momento
tomas la decisión:
te pones tu mejor atuendo,
te cortas el cabello,
la barba,
te empapas en perfume,
y sales a buscarla;
pero al llegar a su casa
ni siquiera llamas a la puerta,
porque te percatas
que ya otro suplanto tu lugar.
Así funciona:
basta con perder lo que tienes
para añorarlo toda la vida,
y vivir con la mujer
que amas,
para despertarte una mañana
y echar de menos extrañarla.
Eduardo Velásquez
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