sábado, 20 de junio de 2015

Un precio que hay que pagar

El tiempo es cruel,

implacable,

pasajero,

basta con unos cuantos años viviendo con tu mujer

para obstinarte de ella,

y sentirte tan saciado y aburrido

como una prostituta

atendiendo al último cliente de la noche. 

 

No sé si es el amor 

o el deseo,

pero uno de los dos

se esconde,

no sé si debajo de la cama

o en el baño,

tal vez se cuele entre las botellas vacías,

o se escape por la ventana.

 

¿Pero como saberlo?

¿Como predecir si es un adiós o un hasta luego? 

 

Al tiempo 

de haberla abandonado:

abres una botella de whisky,

fumas un cigarrillo,

enciendes la televisión,

y de pronto:

la ves en la pantalla,

a un lado de la cama,

en el espejo mientras te afeitas,

en el baño mientras cagas. 


Empiezas a extrañarla,

piensas en ella...


Una semana después 

mientras te duchas 

recuerdas: 

sus besos, 

su sonrisa,

sus caricias, 

sus gemidos desafinados;

las remembranzas consiguen que 

una erección se apodere de tu pene.

En ese momento 

tomas la decisión:

te pones tu mejor atuendo,

te cortas el cabello,

la barba, 

te empapas en perfume,

y sales a buscarla;


pero al llegar a su casa 

ni siquiera llamas a la puerta,

porque te percatas

que ya otro suplanto tu lugar.

Así funciona:

basta con perder lo que tienes

para añorarlo toda la vida,

y vivir con la mujer 

que amas,

para despertarte una mañana

y echar de menos extrañarla.


Eduardo Velásquez 

No hay comentarios:

Publicar un comentario