Para: mi hijo el escritor.
De: su padre
Hijo mío, te escribo esta carta aunque seguramente no te interese saber nada de mí, es probable que al ver mi nombre en el sobre acabes tirándola a la chimenea, o metiéndola en la trituradora de papel que te regale cuando me dijiste que querías ser un escritor y no sabías que hacer con las hojas malgastadas. Espero que la recibas.
Nada ha cambiado demasiado, me sigo haciendo viejo y no hay nada que pueda detener la marcha. Las arrugas no paran de dibujarse por mi rostro; mis huesos cada vez se hacen más frágiles y mis articulaciones están tan endurecidas como un alicate oxidado. Al despertar cada mañana veo que mi cabello se queda pegado a las sabanas como si hubiese postrado mi cabeza sobre una almohada rociada de pegamento.
Últimamente he decidido romper todos los espejos de la casa, odio lo que reflejan, pero aborrezco aún mas lo que ve la gente de mi. A pesar de los 70 años que pesan sobre mi cuerpo aún reconozco que no se mucho de la vida, sigo siendo un ignorante que le falta mucho por vivir. Inclusive si tuviera la fatalidad de permanecer más tiempo deambulando por este mundo cambiante, indudablemente siempre restaría algo por aprender.
Antes, cuando era jovén como tu, sin darme cuenta iba endureciendo mi corazón hasta que llegaba un punto en que no lograba sentir nada; era como si desde niño el corazón era tan débil como un perro recién nacido y a medida que crecía se iba haciendo duro, ganaba fortaleza, serenidad, me hacia un hombre inexorable a medida que las agujas del reloj escupían catarros minuciosos en mi nariz; pero ahora es como si hubiese vuelto a ser un niño, siento inocencia, debilidad y el corazón se me paraliza con solo recordar toda esta mierda depresiva. He aprendido a cagarme encima, a orinarme los pantalones, se me hace constantemente una odisea caminar al baño, a medida que lo hago me voy cagando la alfombra, el pasillo, y mancho las paredes de mierda.
Hace unos días fui al médico y volvió a meterme el dedo por el culo. Por fin he aceptado que tengo cáncer de próstata, y desde entonces decidí comprar botellas de vino, cajetillas de cigarrillo; he dispuesto pasarme los días que me quedan acompañado de las polillas y las cucarachas mientras hago lo que mejor se hacer: morir.
Tengo que decirte que a pesar de todo el tiempo perdido aun te extraño a ti y a tu madre. Hace unos días fui a visitarla al cementerio y le escribí una carta como esta; te juro que mientras lo hacía creí haber olvidado las palabras, no paraba de pedirle perdón, era lo único que trazaban mis manos; seguramente pensarás que me estoy volviendo loco pero creo que nunca había estado tan cuerdo en toda mi vida.
La frustración me mata, estoy arrepentido de esa sórdida vida a la que los arroje sin contemplaciones; ahora veo a esas mujeres caminando por las calles semidesnudas y no logro entender como pude ser capaz de pegarle a tu madre; ella era mucho más hermosa y tierna que todas ellas. Tampoco puedo entender al hombre que estaba en mi cuerpo cuando te daba aquellas palizas; no tengo una cara para mirarte fijamente a los ojos y por eso he estado pensando en comprarme una máscara o un pasamontañas de esos que usan los ladrones para atracar los bancos.
Espero que nunca seas nada de lo que yo he sido aunque creo que en realidad no soy nadie, simplemente soy una sombra que solo aparece por la madrugada cuando todos duermen, por eso ningún cuello robusto voltea a verme, pero es así hijo, así es la vida. Espero que sigas escribiendo y cuides de tu esposa como yo nunca supe cuidar de ustedes; se te hará fácil hacerlo, solo nunca hagas nada de lo que yo hice, sigue siendo el opuesto de tu padre, valora a tu familia como a nada, recuerda que son el único consuelo que te quedara cuando estés postrado en una cama nauseabunda de un hospital cagada por las ratas o en tu propia casa con las chiripas, da igual, solo trata de hacerlo lo mejor que puedas.
En fin, hijo, tengo tendencia a repetir una y otra vez las mismas cosas, ya se hace de noche, a duras penas puedo ver las teclas y no hay luz, olvide pagar el recibo; así que seguiré aquí conversando con las cucarachas, hablandole a las ratas, y bailando con el canto de los grillos, ahora, mi nueva familia.
Te quiero
Eduardo Velásquez
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