jueves, 7 de mayo de 2015

El fracaso de un escritor

Cuando empece a escribir

me enfoque en la cotidianidad del vivir,

en el realismo;

tenia tendencia 

a adorar las cosas mas simples de la vida.


Me gustaba observar

a las cucarachas colandose por las rendijas

de la puerta,

y a las hormigas enloquecidas huyendo

de la muerte cuando mama empezaba a limpiar

la mesa de la cocina.


Solía caminar por el vecindario

a tempranas horas de la mañana,

para observar el atasco matutino de la vida:

escuchar las sirenas de las ambulancias,

las bocinas de los autos,

las campanas de la iglesia 

retumbando

nuestros pecados.


Me gustaba

sentir náuseas 

cuando aquel olor a mierda de la ciudad

impregnaba todo el ambiente, 

ya que,

desde mi punto de vista,

tanto el placer

como la repulsión son indicios de vida.


Solía reírme 

de los ancianos maniáticos limpiando 

las pulcras entradas de sus casas,

y de los chistes de un borracho a las 

siete de la mañana. 


Observar aquello:

sentirlo,

escucharlo,

vivirlo.

Ver

como había gente que luchaba

atrapada entre todo eso

para alcanzar sus sueños:

era admirable, 

te quitaba el aliento,

te robaba el sueño. 


Ver a un señor con cancer pulmonar

fumando un cigarrillo.


Ver a un chico limpiando retretes 

en un centro comercial.


Ver a un mendigo desafiando

a la Policía.


Ver a una madre vendiendo inclusive

hasta su cuerpo para dar de comer a su hijo.


Ver a un pueblo entero propiciándole  

una paliza al ejercito.


Ver a esas personas que plantaban 

cara a la muerte

aun sabiendo

que no tenían la mas mínima oportunidad:

era algo que me daba

ganas de vivir;

no se porque razón,

pero asi era. 


Aquello tenía  

vida y muerte a la vez.

Lo asimilaba

como la razón fundamental de todo

y quise compartirlo;

convertirlo en arte.

Intente cavar una fosa en el corazón

de la gente

y hacerles entender.


Quise ayudarlos.

Realmente quise,

pero no lo logre 

porque a diferencia de mi

la gente

odia la realidad,

la vejez,

el paso del tiempo.


Nadie esta contento con la vida que tiene

ni con el destino que le espera, 

y esto lo comprendí:

cuando mi editor me llamaba

para quejarse

de las pésimas ventas de mis libros.


Eduardo Velásquez


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