domingo, 10 de mayo de 2015

Veo a mi gente

Veo a mi gente claustrofóbica,

amable,

sensible,

inadvertida;

siendo asesinada por su insolencia,

por los engaños,

por sueños propios

y ajenos.


Veo a borrachos miserables meándose las puertas de la iglesia.


Veo a las moscas durmiendo la siesta sobre las sopas

que sirven en el centro hípico.


Veo a el futuro de mi ciudad,

debajo del puente, 

en las calles ciegas,

en bulevares abarrotados de buhoneros

y niños suplicando a gritos alientos de crack.


Veo a las golondrinas en mini faldas disfrutando

de las miradas bochornosas

de viejos con el aliento apestoso a licor barato.


Veo al padre de la iglesia,

al evangélico que se esnifó hasta el último gramo

y ahora grita a los cuatros vientos ser un hombre bueno.


Veo al crítico más criticado tomando una taza de café

en la panadería,

mientras lee el periódico

y trata de triturarlos con los ojos.


Veo a madres solteras

vendiendo sus cuerpos en la esquina de la avenida:

con sus vestidos de lentejuelas brillantes y sus bocas apestosas a semen.


Veo al caricaturista sentado a las afueras de la iglesia, 

escupiendo su arte sobre el lienzo.


Veo al enfermo de sida comprando veneno de rata:

para hallar el valor de cruzar la última puerta.


Veo a la niña de quince años con su mirada trágica,

ahogada en angustias por lo que lleva en su vientre.


Veo a los médicos en hospitales decadentes,

creyendo hacer un buen trabajo,

cuando lo que hacen es enviarnos de vuelta a este infierno viviente.


Veo al pintor tratando de vivir de lo único que sabe hacer: pintar.


Veo al poeta maldito con lápiz y papel: tomando notas de la misma mierda 

que percibe todos los días.


Veo a los adolescentes 

abandonar la locura de su juventud

por la prudencia lasciva de la adultez; 

los observo cuando caminan a la universidad,

se preparan,

se organizan,

se acuestan a soñar todas las noches,

para terminar siendo unos completos desencantados

que carcomen sus huesos

en buenos y malos trabajos

hasta el fin de sus propios tiempos.


Veo

sed,

hambre,

desilusión,


pero por ningún lado, 

logro ver, 

la libertad.


Eduardo Velásquez 

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