Veo a mi gente claustrofóbica,
amable,
sensible,
inadvertida;
siendo asesinada por su insolencia,
por los engaños,
por sueños propios
y ajenos.
Veo a borrachos miserables meándose las puertas de la iglesia.
Veo a las moscas durmiendo la siesta sobre las sopas
que sirven en el centro hípico.
Veo a el futuro de mi ciudad,
debajo del puente,
en las calles ciegas,
en bulevares abarrotados de buhoneros
y niños suplicando a gritos alientos de crack.
Veo a las golondrinas en mini faldas disfrutando
de las miradas bochornosas
de viejos con el aliento apestoso a licor barato.
Veo al padre de la iglesia,
al evangélico que se esnifó hasta el último gramo
y ahora grita a los cuatros vientos ser un hombre bueno.
Veo al crítico más criticado tomando una taza de café
en la panadería,
mientras lee el periódico
y trata de triturarlos con los ojos.
Veo a madres solteras
vendiendo sus cuerpos en la esquina de la avenida:
con sus vestidos de lentejuelas brillantes y sus bocas apestosas a semen.
Veo al caricaturista sentado a las afueras de la iglesia,
escupiendo su arte sobre el lienzo.
Veo al enfermo de sida comprando veneno de rata:
para hallar el valor de cruzar la última puerta.
Veo a la niña de quince años con su mirada trágica,
ahogada en angustias por lo que lleva en su vientre.
Veo a los médicos en hospitales decadentes,
creyendo hacer un buen trabajo,
cuando lo que hacen es enviarnos de vuelta a este infierno viviente.
Veo al pintor tratando de vivir de lo único que sabe hacer: pintar.
Veo al poeta maldito con lápiz y papel: tomando notas de la misma mierda
que percibe todos los días.
Veo a los adolescentes
abandonar la locura de su juventud
por la prudencia lasciva de la adultez;
los observo cuando caminan a la universidad,
se preparan,
se organizan,
se acuestan a soñar todas las noches,
para terminar siendo unos completos desencantados
que carcomen sus huesos
en buenos y malos trabajos
hasta el fin de sus propios tiempos.
Veo
sed,
hambre,
desilusión,
pero por ningún lado,
logro ver,
la libertad.
Eduardo Velásquez
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