Cuando éramos jóvenes
viviamos como si le habíamos ganado
la partida a la muerte:
saturados de belleza,
alegría,
esperanza,
ilusión;
aún la idea de morir estaba tan lejana
como los sueños.
De pronto en un pestañear
ya eramos adultos,
y lo que se reflejaba en el espejo
eran rostros moribundos
que trataban de preservar una juventúd
que ya no existía.
Nos aferramos
a
tetas ficticias,
reconstrucciónes vaginales,
liposucciones.
Pero al tiempo
no es la estética lo que nos preocupa,
sino las enfermedades
que se presentan insinuándonos la muerte.
De pronto son bien acogidas
las dietas,
las abstenciones,
el dedo en el culo;
y uno trata de luchar contra aquello
pero es inútil,
no hay nada que pueda detener la marcha.
Días mas,
horas extras,
belleza artificial:
no son precisamente un triunfo.
Mientras mas paulatina es la derrota
mayor dolor causa.
La juventud desaparece
como los pensamientos de los que olvidan,
desaparece como la presencia
de los que se permiten ser olvidados.
Conjuntamente con el tiempo se va la vida también;
estamos atrapados en una encrucijada.
Luchar contra el almanaque
es inútil,
absurdo,
el tiempo es como la muerte,
no hay nada que pueda detenerlo.
Eduardo Velásquez
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