Después de mi divorcio
conocí a una mujer excepcional;
tan estupenda que preferí dejarla ir
antes de tiempo,
incluso antes de siquiera hacerle saber,
cuánto disfrutaba esos peculiares defectos
inmersos en esa espontaneidad
que hicieron tambalear mis huesos.
Pude haberme casado con ella;
ser el padre de sus hijos.
Pude haber sido todo para ella,
aunque solo sepa que ella lo fue todo para mí.
Pude haberme casado con ella,
ser el padre de sus hijos,
pero no lo hice,
porque a diferencia de cómo recordaba
a mi exesposa,
a ella quería recordarla
hermosa,
sincera,
fantástica.
Porque tarde o temprano el amor se esfuma
como el alba,
dura poco,
y cuando dura demasiado,
de alguna forma
la realidad
hace arder en llamas los románticos
versos de Shakespeare.
A ella quería recordarla
blindada,
segura,
perfecta,
tal cual como la recuerdo esta madrugada
de insomnio
mientras enciendo un cigarrillo
bajo la luz de la luna,
meditando con su ausencia
pero en compañía de sus recuerdos,
entretanto un idiota se folla a la mujer
de mis sueños.
Eduardo Velásquez
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